Hay algo seductivo en lamer la tristeza,
pasarle la lengua a las yagas hasta sangrar lo suficiente.
Beberse un vino inyectado en nostalgia,
escupirle al destino.
A veces, siento el pecho inundado de polillas hambrientas.
No puedo ver nada por las sombras que generan sus alas,
no puedo escuchar nada más que un ruido que implora cesar en llanto.
Huele a alcohol, a sal, a carne desgarrada de tanto escarbar, a miradas empañadas,
a ojeras en forma de barrancos y a mares de petróleo como lágrimas inundándolo todo.
Desojando cada flor, sembrando frustración, dejando rastro de nada.
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