martes, 24 de septiembre de 2019

Espacios desdibujados


No sabía en que fragmento de su rostro estaba la anatomía de su ser equivalente y
poco entendía la calidad detrás de sus gestos -perdidos- en la ambigüedad de los daños.

¿A cuál de los cientos debería esta vez creerle?

Las luces altas de los carros se robaban imprudentemente el reflejo nítido de sus recuerdos,
disipaban con violencia el ritmo de sus pestañeos -dirección a su espalda-
y ahuyentaban sin pecado las vibraciones que había dejado alguna vez su respiración a salvo.

¿En qué poste de luz finalmente podía confesar de la atemporalidad de sus manos también desechas por la lluvia?
¿Ese valle naranja que dejaba la incandescencia sepultaría por fin su sombra?

Mientras revisaba el ritmo de aquella gota cayendo en silencio
y su rostro titilaba en el reflejo del espejo,
se había olvidado de hace cuánto no sentía el aleteo posándose en sus emociones.

¿Era él esa humedad traducida en palabras no articuladas?

o era él ese vidrio sucio,
cruel,
qué los dividía?

(cuando el vapor del agua entra en contacto con una superficie más fría no absorbente, se condensa sobre ella. Aparecen gotitas.)

Quizá esta vez sus angustias podrían ser surcos.

Primer día del mes

Y aun vez más en frío,
con los dedos habituados a ser eléctricos esta vez tiesos,
con la mirada cansada de intentar buscar piezas inexactas en frecuencias,
con la manía intacta de creer estar a salvo en la monotonía de párrafos en los que creía sonreía.