Me empalmo el corazón de hierbas,
de sahumerios,
lo remojo con la delicadeza del yeso en el agua,
lo envuelvo en barro,
lo sumergo en el mar,
le ofrendo una oración,
un canto, un mantra, un ocaso.
Le sopló el desespero,
le ruego que crea.
Hastiada de la palabra
de la palabra enredada en los órganos
de esa que quiere salir y se estanca moribunda
de esa que en la lengua se desvanece y
que vomita silenciosa
violeta de la asfixia.
Toser sangre cada vez que se piensa en tantas vueltas,
en tanta encrusijada ciega y flores secas,
mientras se ahuyentan las moscas de carne deshabitada.
Esta ella con sus pactos de silencio,
que sacrifican la lengua y la bilis.
Y esta esa otra, pies de planta acuática,
de exhalación fuerte
indócil,
sin nombre,
aguardando en la gota nocturna que se desliza en la selva,
abriendo el camino con palo santo,
recitando,
con iris de aguila,
amasando el pan.
Casi que me incrusto en el espejo
y en el poema,
buscándola a ella,
a esa otra,
que está,
escondida y jugetona con mi sombra.
La forastera,
le reza al toque, al salto, al gesto roto en el flamenco
que le devuelva la ilusión del estímulo,
el hambre del roce en la palabra atenta,
la intriga de la narración en la ausencia del otro.
La forastera,
su giba de paisaje moribundo le da la sombra,
y su respiro de lechuza la esconde
de sus extremidades de insecto vertebrado,
solidificándose,
frente al movimiento.
Su cuello,
engrandecido en eclipses
le deja el mareo de la altura,
la perspectiva de lo fósil
y el reflejo reptil de su piel cansada.
La forastera,
en qué grito afónico dejo de insistir ?
en qué duelo renunció a sus luchas ?
en qué caldera quemó los pasajes de tinta ?
desde qué fractura le traquea el impulso?
Sacerdotisa de senderos, de lo claroscuro,
apaga el velón del altar atenuado de defensa.
Seguí buscando el abrazo en la horizontalidad del océano,
en el lenguaje del árbol,
en el chillido de la cigarra,
en la arquitectura del pájaro.
la señal de huida,
distraerse de la mirada del otro.
De ella me queda cómo enseñaba los dientes,
deidad nocturna,
a veces le tiemblan las manos de tanto sacrificio
y lloran los perros salvajes
porque todo se calcina,
pero sus cabellos siguen sin quebrarse.
Instintiva en la contradicción,
lengua bípeda perdida en el vértice de sus relatos,
no se quita la brida,
ni las alas.
Vahaje de presagios y promesas,
de blues y de barbarie,
se camina descalzo en sus desiertos y su luna negra.
Sigo jurándole al recuerdo que la difumina,
que no habrán más flautas que disonen en su nombre,
ocultando en el ocaso,
mi columna,
que bifurca en sus cantos.
Soplo la vela,
nunca saltamos con las olas.
Respiro,
esta vez de espaldas,
refractaria a su plumaje.