Me empalmo el corazón de hierbas,
de sahumerios,
lo remojo con la delicadeza del yeso en el agua,
lo envuelvo en barro,
lo sumergo en el mar,
le ofrendo una oración,
un canto, un mantra, un ocaso.
Le sopló el desespero,
le ruego que crea.
La casa cruje,
se rebela,
se golpea en su viento terco.
Mis dedos son de fuego,
mi piel eléctrica, reactiva,
mis ojos blancos en un intento ansioso
de localizar el corazón
y el respiro.
Nadie podría acercarse
desde este trono inmóvil,
también me gustaría desarmarme.
Ser árbol,
fundirme con la tierra,
permanecer inmóvil,
respirar en las extremidades.
Transeúnte,
de un lugar sin lugar,
de fondo el soneto de un violín con rabia.
Mi columna,
mis vértebras,
huesos de cáctus.