acaecer,
enraizarse alrededor de esa cúpula abandonada y
en la sangre seca de insectos demarcando estaciones.
Hacía de bandera el olor a tierra mojada
y a himno la hierba que hacía de nido sus píes.
Mientras intentaba seguir la línea de rastros de tacto en su cuerpo con la mirada,
disfrutaba estar en medio de esa batalla de espadas que dejaban las luces que se colaban entre los grandes ventanales
y cubriéndole esas esquinitas de soledad,
esperaba pacientemente de la luna,
un ocaso más prometedor.
Intentaba adivinar de dónde provenía el sonido de cada pájaro que venía a susurrarle algo de franqueza
y celaba el no poder simplemente colgarse en el cuello de alguno,
jugar por fin a ser cometa
y celebrar estar en línea con algún otro confín.
Vibraba al fin al ritmo de las venas del cosmos,
hacia parte de esa corriente de hojas que apostaban a ser fuertes y coherentes al momento de señalar la caída,
pero que se encontraban testarudamente creando cantos a sirenas que sólo venían en sueños.
Disfrutaba deshacerse los pesares en clorofila
y acurrucarse en el frío que hacía caer los frutos para escuchar su respiración.
En el rastro del suelo demarcado confiaba en el espacio vacío
y mentía en los rincones en los que se encontraba desolada.
- Todo para ahuyentar la ironía de un vida que cojeaba de reciprocidad.-
Murmuraba para no despertar el silencio,
decía encontrarse fielmente en las campanas del viento,
decía encontrarse fielmente en las campanas del viento,
en su ágil exhalación para despertar corazones,
en la crucialidad de su sonido para anunciar partidas.
Allá en los truenos,
encontrándose en alguna sílaba perdida,
soltaba el polvo.