De ella me queda cómo enseñaba los dientes,
deidad nocturna,
a veces le tiemblan las manos de tanto sacrificio
y lloran los perros salvajes
porque todo se calcina,
pero sus cabellos siguen sin quebrarse.
Instintiva en la contradicción,
lengua bípeda perdida en el vértice de sus relatos,
no se quita la brida,
ni las alas.
Vahaje de presagios y promesas,
de blues y de barbarie,
se camina descalzo en sus desiertos y su luna negra.
Sigo jurándole al recuerdo que la difumina,
que no habrán más flautas que disonen en su nombre,
ocultando en el ocaso,
mi columna,
que bifurca en sus cantos.
Soplo la vela,
nunca saltamos con las olas.
Respiro,
esta vez de espaldas,
refractaria a su plumaje.