Toser sangre cada vez que se piensa en tantas vueltas,
en tanta encrusijada ciega y flores secas,
mientras se ahuyentan las moscas de carne deshabitada.
Esta ella con sus pactos de silencio,
que sacrifican la lengua y la bilis.
Y esta esa otra, pies de planta acuática,
de exhalación fuerte
indócil,
sin nombre,
aguardando en la gota nocturna que se desliza en la selva,
abriendo el camino con palo santo,
recitando,
con iris de aguila,
amasando el pan.
Casi que me incrusto en el espejo
y en el poema,
buscándola a ella,
a esa otra,
que está,
escondida y jugetona con mi sombra.
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