jueves, 20 de mayo de 2021

Diálogos

Veo a la mujer,

gitana, 

bruja, 

con su luna negra en el cuello y su collar de conchas. 


La mujer con pluma, 

piel ametista, 

dueña de jardines y de hortensias. 


La de los tragos a solas frente al piano,

de hombros libres, 

y mirada diagonal del gato.


Aún en peligro de derrumbe tiembla la raiz que acobija el suelo, 

se abren los pulmones con consciencia, 

se asume el impulso de la pista apostando esta vez no caer en el vicio de la curva

y la monotonía en la nevrosis de coleccionar rezos

en cada paréntesis de la estrofa y del espejo. 


La hiena pese a tantas horas de caza no pierde sensibilidad,

se deja aún revolcar el pelo.  


Esa es su manera mundana de instinto de supervivencia,

el sueño de la criogenización de la rana en grados bajo cero,

el aliento que deja el verso, 

pelear con la ceguera,

la hipermetropia terca

y concederle a la gaita la replica del canto de la cuenca, 

sin compadecerse,  

mientras le permite a cada partícula del agua atravezar sus dedos.


y acurrucar delicadamente a la niña que en sollozos se le escucha poco,

ponerle el manto del consuelo, 

que también ya ha sabido darse a ella misma,


y dejarle algún sueño en corales


y hacer las pases con su herida.



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