viernes, 6 de diciembre de 2019

El eco presente de la guerra


Hablo del peso moribundo de quiénes ya perdieron en la vigilia del terror el rumbo trazado
y quienes aún viviendo,
en el pico del agobio,
bañan sus duelos en las briznas de un amanecer con olor a pólvora;
negro de reflejo,
camuflado en sacrificios no solicitados por ningún Dios. 

Hablo de quienes ya encuentran sus rituales manchados
y la luz de la noche dejo de darle vida a sus templos,

ya no existentes,

arrebatados.

Esta vez hay disidía para desalojarse de la maleza,
y el silencio que deja el llanto no se reposa en nuevos cielos.

La frustración de la ausencia del olor a tierra,
del color en barro en las manos,
incrustado en las uñas,
que prometían una mañana desde la danza,
se lleva como plaga. 



Aún cuentan los bosques de su revolución en la sonrisa ladeada,
que aún cojeando,
pretenden con ímpetu,
alcanzar el cielo de una mirada no en la lejanía.

Rasgados por la empatía ausente,
deambulan,
aún con fuego en sus ojos,
aún con susurros diáfanos. 

Resistencia,
resiliencia se dicen.




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